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Museo, flujo, silencio

Es un consenso que los proyectos artísticos más estimulantes suelen ser aquellos cuyas lecturas pueden ser múltiples, y cuyas características invitan al espectador a experimentar esa multiplicidad. “Museo Flujo Silencio”, el libro que hoy nos convoca, trabaja con la multiplicidad como materia prima. Es decir: hay algo del orden de lo mutante, o al menos del orden de lo cambiante, o de lo pendular, en la forma en que el libro reclama una interacción. Está el péndulo más evidente entre la imagen y el texto, pero luego está el péndulo entre mirar el libro y manipularlo para poder leer, que no es otra cosa que el péndulo entre la contemplación y la acción. El libro es pues un objeto artístico que te pide mirar en silencio, en quietud, pero luego te pide mover las manos, tocar el papel de cierta manera, escudriñar, para poder leer un breve texto que, además, es una suerte de definición idiosincrática de un término mencionado junto a la foto, en la página anterior. (Un término que dialoga con la foto, y que al dialogar con ella la transfroma. Y una definición como un modo, también, de transformación de dicho término). Pero ahí no termina la secuencia, o esta especie de devenir; podemos pensar en la mutación que supuso pasar de la exposición “Museo” (exhibida en el Museo Amano, el año pasado) al libro “Museo Flujo Silencio”, cuyo título implica, o asume, el contenido de la exposición, pero para llevarlo a otro lado, para moverlo, para nutrirlo y seguir transformándolo. Hay en todos estos desplazamientos una característica que remite a lo orgánico, a lo cíclico, a la naturaleza. O, en todo caso, a las formas que tiene la cultura de vincularse con la naturaleza.

¿Cómo así un libro que combina fotos de rincones inusuales de diversos musesos y textos breves que aluden a esas fotos solo de manera oblicua puede tener que ver con las formas en que la naturaleza y la cultura se vinculan? Pues porque activa un procedimiento, una dinámica. Activa nuestra relación con el tiempo y con el silencio. Y se convierte, finalmente, en un homenaje o invocación a las formas de lo natural.

Líneas arriba hablé del movimiento de las manos, del acto de escudriñar, que se repite cíclicamente a la hora de mirar y leer el libro, a la hora de interactuar con él. Ese movimiento cíclico se puede entender también como un ritual, como una manifestación corporal que nos conduce al territorio de lo meditativo. Lo más sugerente es que todo esto sucede en la fricción entre la forma y el contenido del libro, no solo en lo que (entre comillas) “dice” el libro, tanto en fotos como en textos. Lo que dice el libro (lo que dice en concreto, digamos) está inevitablemente interferido/intervenido por este procedimiento, y por eso también puede tener múltiples lecturas, o lecturas latentes. Todo el proyecto me recuerda un poco a cuando el filósofo e historiador del arte Georges Didí Huberman habla de las esculturas geométricas de Tony Smith como objetos que pueden ocultar algo, como cajas. Huberman dice que en esas piezas hay una latencia. Dice, por ejemplo, al referirse a una pieza que es un cubo de acero negro: “frente a esta forma perfectamente cerrada y autorreferencial habrá que admitir, indudablemente, que en ella bien podría estar encerrado algo distinto”. Un efecto análogo ocurre con “Museo Flujo Silencio”: el libro es una invitación a ingresar al territorio de lo semioculto: lo que no se ve de los museos, lo que se debe escudriñar para poder leer.

Hay un asunto final: los esporádicos golpes de color en unas dos o tres fotos, y la posibildad de utilzar una plegadera o un cuchillo para cortar la parte superior de las páginas y desactivar la dinámica meditativa. Esos elementos, esos detalles o esas latencias, se pueden leer como emblemas de libertad. Y le terminan de dar al conjunto una fuerza especial, ciertamente memorable.

Diego Otero Molinari
Escritor



Este es un libro-objeto para quienes la experiencia de la lectura sigue siendo física. Invita a ser modificado por los lectores avezados en pos de instrucciones secretas o poemas ocultos.

No es cuestión de apresurarse. La prisa no es un valor en la lectura. La velocidad de consumo no es un indicador de nada
Para quien haya cortado ya las páginas, se habrá instalado una nueva dimensión irreversible. “Abra el libro como quien pela una fruta”, Pidió Carlos Oquendo de Amat a quienes tomaran entre las manos los casi cinco metros de su poemario impreso.

La autora de este volumen extiende un silencio. La decisión es individual. Aquí hay lugar para recogerse en lo íntimo. Lo privado es estructural al libro.

Los espacios de arte ya no son mas las catedrales con las que soñaron los modernos después de 1945. Y este es un libro de horas para el siglo 21. Las muy ricas horas de Mafe García, cámara en mano, mirando lo que nadie debía mirar, en lugares donde uno debe aprender a ver.

Un tiempo transcurrido en espera no de un momento decisivo sino de desplazamientos de personas. Un flujo de gente del que no queda traza en las salas de museos, galerías y centros de arte. Ella, aguardando pacientemente su salida de espacios compartidos para esta sola. Una soledad que es pausa y rito. Donde el tiempo se despliega, el ruido se disuelve.


Jorge Villacorta.

© 2024 por Mafe García.

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